En la fábrica de Eugi

 

     Está la tade del penúltimo octubre tan octobreña, tan redonda y perfecta, que nos vamos un rato, aunque no sea grande, hasta la Real Fábrica de Armas de Eugi (1766-1794), montada sobre el lugar de una vieja ferrería navarra, que suministraba también armas al Reino. Por ver los chopos y los arces del camino, por contemplar el lago alpino de Eugi, y por adentrarnos un poco en la selva de Quinto Real y contagiarnos dei otoño, primerizo en unos sitios y maduro ya en otros, cantado por las aguas del Arga, que baja discreto, cantarín en voz baja y sobre todo limpio, en medio de esta sequía, que nadie menta, porque casi todos llaman buen tiempo al sol veraniego y mal tiempo a la lluvia, madre de los bosques de otoño y de la vida que en ellos en estos días fulgura. Subimos desde la carretera hasta la parte alta de las carboneras por una senda, pisando la crujiente seroja, cuando  comienzan a perder las hojas de este año las hayas, los castaños y los avellanos, los vecinos más conocidos de estos valles, a los que acompañan en esta ladera el musgo que arropa sus pìes y suaviza la fría roca, los helechos con sus frondes pinadas y las rozagantes luzulas silváticas, juncáceas.

 Cada año damos una vuelta por aqui, desde que Paco  y Ana Carmen, los arqueólogos amigos y responsables de la obra, nos invitaron a la gran fiesta de contemplar la primera restauración, y cada año vemos una nueva innovación, una nueva mejora. Este verano, han excavado los canales de talleres y se han prot egido con una valla, tras haber cubierto, meses antes, los dos hornos de fundición de bombas y balería, Santiago y Santa Bárbara, con tejado y dos ventanitas superiores.

Miramos desde los cinco huecos altos de las carboneras, por donde se arrojanba el carbón elaborado cerca de aqui -una pequeña carbonera nos lo recuerda- y ya no quedan mas que los bellos arcos sobre el río, y los muros supérstites de las paredes maestras, convertidas algunas columnas en árboles pétreos agarrotados por las hiedras. La vista de estas ruinas confundidas casi con la vegetación y la plata del río que las atraviesa, cantando la canción de la nostalgia de lo que pasa y de lo que queda, convierte este rincón en pura magia, estos días más colorida que nunca.

Bajamos por una escalerilla, bien preparada, hacia el piso inferior, entre una variada vegetación que pueblan ortigas, cardos arvenses, achicorias silvestres, tréboles, perifollos, cicutas mayores…, y recorremos las estancias bajas de los depósitos de carbón con los bien visibles mechinales, donde calzaban los maderos que sostenian, a un metro del suelo, las paredes intermedias.

Siempre hay gente por aqui. Parejas jóvenes mayormente con niños, o con perros, o con ambos dos. Hoy una mujer joven, con un niño pequeñísimo en brazos, anda preocupada por que el perro no caiga al río: antes caerá ella. Paseamos luego a lo largo de lo que fue esta primera fábrica-poblado en España, que albergó en sus buenos tiempos a medio millar de personas, de la que fue diseñador y primer director el jacetano Francico Javier de Clairac. Los ingenieros franceces trajeron  consigo obreros franceses, a los que después se añadieron gentes de la zona. Aqui también se libró una batalla en la guerra de la Convención, que dejó 200 muertos y 700 heridos. Desde entonces la fábrica no tuvo día bueno.

No sé si es una leyenda rural que en cada casa de Eugi había o hay una bomba o una bala, procedente del río que pasa por la fábrica, con la que, una vez rusiente al fuego, calentaban la leche para la cuajada. Lo cierto es que Eugi es para nosotros un lugar predilecto, especialmenrte en invierno, para ciertas degustaciones.