La tarde de febrero medio está fresca y neblinosa. Con el navegador GPS, bajando por la Cuesta de la Reina, y pasando por la Rotxapea, Nueva Artica y Artica, llegamos en unos pocos minutos a uno de los recodos de la falda sur del monte San Cristóbal, que tengo cada día frente a mi casa. Por un camino de barro duro alcanzamos pronto el punto central del viejo poblado prerromano, llamado Artikagain (o Alto de Artica), pequeño espolón, cercado de pinares por el norte, el este y el oeste, muy cerca del monumento al Corazón de Jesús, y donde plantaron uno de los postes metálicos de la electricidad que recorren la ladera.
Seguramente por aquí estuvo la muralla norte, de la que quedan restos soterrados pero visibles, y el foso que separaba el recinto del monte más alto, hoy colmatado por el camino. A ambos lados están los terraplenes, defensas naturales del poblado, hoy cubiertos por el pinar. En la parte llana occidental se extiende un buen trozo de terreno baldío, ocupado por altas yerbas, zarzales, agavanzos, cardos. lechetreznas y olivardas.
Por aquí encontró Armendariz cerámicas manufacturadas, una flecha de hierro con aletas y fragmento de molino. Los hallazgos que estudió Amparo Castiella, cuando las obras de la carretera variante, al pie del macizo, procedían tal vez del espacio económico del castro, o tal vez de algún arrabal de población cercana. También las piedras del pedestal del monumento sacro, de seis metros de altura, pueden proceder de la muralla arcaica. Por cierto, me gusta la imagen, limpia y estilizada, de hormigón, obra del escultor Áureo Rebolé y promovida por el gran Ambrosio Eransus, sacerdote natural de Mendioroz (+1996), a quien traté de cerca, que nos llenó los montes de Navarra de Via-crucis en forma de cruces de hierro, también aquí, donde se ven las dos últimas del itinerario sacro. En el recuadro de piedra que la circunda, de las cuatro bolas angulares que la adornaban sólo queda una. Al sur del monumento, vemos en tierra dos cabos de velas rojas y un rodal de narcisos recién florecidos.
La superficie del castro, debió de tener, según el arqueólogo de Puente, 18.000 metros cuadrados, que ahora, en buena parte, coinciden con el raso de norte a sur, no ocupado por los pinares. Bajamos hasta el que aparece como espacio económico del oppidum, hoy sembrado de cereal y único trozo cultivado del espacio. En el camino encontramos miles de pequeños hormigueros, sin hormiga alguna, que han sacado fuera su tierra húmeda, en forma de tiendas de campaña, y numerosas procesiones de la procesionaria del pino, negra, blanca y anaranjada, que, si no han sido aplastadas por los pies de los viandantes, bicis, motos y coches, prosiguen sin prisa pero sin pausa -trenecitos viajeros- su obligado camino, tras el descenso desde las bolsas de los árboles, hasta su enterramiento provisional, para volver después a la vida en forma de mariposas para fecundar o ser fecundadas y morir al día siguiente. Leo que las comitivas las dirigen siempre las hembras. ¡Precursoras arcaicas! En algunos casos, son dos y hasta tres las columnas de viajeras en filas larguísimas, parecidas a culebras, pero la mayoría son mucho más cortas. Desde el límite del pinar nos sonríe sonrosadamente un pequeño almendro.
Pero ni las hormigas ni la procesionaria nos distraen de contemplar despaciosamente desde aquí Pamplona y sus contornos, y, sobre todo, la serie de castros prerromanos que poblaban la comarca de la actual capital navarra, en aquellas calendas, antes de inventarse: Irulegi, Gaztelu, Mendillorri, Pompaelo (donde está la catedral), Puno, Murugain, Santa Lucía, Sardea…
Espléndido observatorio, aunque la neblina de la tarde lo matiza todo, para jugar a identificar barrrios, parques, edificios. Siguen pasando junto a nosotros bicis, corredores varones sueltos o en parejas, una joven con perro… Por la variante, coches sin cuento, pero no oímos el ruido. La iglesita de Orcoyen viejo se encumbra alegre sobre el caserío viejo y nuevo. El Perdón y el otro Perdón, la Peña de Etxauri, el Txurregi y el Gaztelu, este año sin nieves, están con esta neblina más atardecidos que de costumbre.