Termina la semana de sol y hielo de este enero suave y luminoso. Dejamos el coche en la avenida de Navarra, y la torrecilla metálica de la nueva parroquia es nuestro faro para acercarnos al castro de la Edad de Hierro. Atravesamos de sur a norte la ladera verde, el jardín inglés de Sarriguren (¿Espesura lozana, crecida?), donde solo conservan sus hojas dos extraños eucaliptos, y divisamos a lo lejos el muro de la vieja iglesia románico-gótica de los siglos XIII-XIV, que domina el cerro de 465 metros. Pudiera creerse que el viejo concejo del Valle de Egüés, y capital hoy del Valle, es una superficie plana, porque en terreno plano están plantadas la mayoría de las viviendas, pero no: Sarriguren es un hoy por hoy un lugar de más de 15.000 habitantes en torno a un pequeño cerro, circundado por dos regatas: el Barranco Grande y Karrobide (Camino de hielo).
El entonces pequeño lugar llegó a tener 80 habitantes en 1877 y 12 casas en 1800. En 2005 quedaban 5, y, un año más tarde, comenzó la construcción de la llamada Ecociudad de Sarriguren, que mereció en 2008 el Premio Europa de Urbanismo, concedido por los arquitectos europeos.
Nos entretenemos en ver en la calle de Santa Engracia, la iglesita ex parroquial, dedicada a la santa mártir zaragozana, alegre de palomas, y su camposanto adjunto, con algunas muestras de estelas y sepulturas de piedra; la casona con torreón de sillar regular, con saeteras y palomar, y la actual Casa de la Juventud, otra casona con hermoso portal, hoy símbolo de la diversidad, ante todo aviar, con nidos artificiales en sus cuatro costados para mochuelo, gorriones, vencejos, abubillas… Nos llama la atención en una de las dovelas del templo la pequeña escultura de la Virgen, llamada por los cristianos orientales galactotrofusa (María amamantando al NIño), imitación acaso de las vírgenes egipcias (Isis), pronto imitadas en todo el Oriente. Yerbines cubren una gran extensión en lo que un día fue castro, y después iglesia, atrio y plaza. Todo es limpio y hermoso, pero en algunos cuadros crece la maleza en forma de olivardas, cardos carderos e hinojos, todos ya secos. Por encima de las líneas de casas actuales sacan la cabeza el Malkaitz, espolón que defiende los Valles de Egüés y Aranguren, y, un poco más lejos, la Higa de Monreal.
El lugar estuvo habitado, al menos en el Hierro Antiguo y Final, en tiempos romanos , y en el Medievo hasta hoy. Ya Taracena y y Vázquez de Parga encontraron cerámicas romanas; Amparo Castiella lo estudió de cerca y halló cerámicas manufacturadas y torneadas de tipo celtibérico, molinos de mano, y la empresa Trama tres necrópolis de incineración, donde hoy se halla el Colegio Público –La Playa grande I y II, y Lezaun– con restos muy deteriorados por el laboreo secular de la tierra. Después lo estudió también Armendáriz
Naturalmente del sistema defensivo del castro no queda ya nada, pero sí es fácil imaginar su primitiva estructura, sus baluartes, fosos y terraplenes, dando la vuelta a la cima del cerro, o, como hacemos nosotros, bajando por el flanco oriental, pasando por la Calle Mayor, hasta llegar al lago donde saltan los cinco surtidores occidentales.
Era en su tiempo un oppidum muy bien relacionado geográficamente con los de Miravalles, Gaztelu, San Cristóbal, Mendillorri, Pamplona, San Cristóbal, Puno, Monreal…