Sorprende leer, estos días, en diarios habitualmente complacientes con el Gobierno español o que han estado mudos ante despilfarros económicos por motivos políticos, exigir ahora poner orden en las desquiciadas finanzas autonómicas, o cerrar el paso a las desdichadas emisiones de deuda patriótica, iniciadas por Cataluña y que que ahora pretende imitar Valencia. Unos y otros han dado en hacer de sus autonomías (es decir, Comunidades Autónomas) unas taifas, donde toda pretensión tiene su sede y toda demagogia su sesión. Sobre todo en aquellas Comunidades que, en cada momento, quieren ser, como pedía hace unas fechas Ernest Maragall, consejero catalán, una Nación-Estado, en no sé qué soñada España federal, de un federalismo todavía no estrenado en la historia. Ahí, donde los dos grandes partidos y tres grandes soberanismos tienen sus parcelas reservadas, no hay rescates ni recortes. Es más fácil, en cambio, y da hasta vergüenza escribirlo, quitar la pensión-subsidio a los parados, que no tienen partido que los represente ni sindicato que los tome en serio. Podrá distinguirse, y con razón, entre parados que quieran trabajar o instruirse y parados que no lo quieran, etc., pero entre 400 euros del subsidio y los millones en despilfarros patrióticos autonómicos, un Gobierno decente, aunque no fuera progresista, no debiera tener muchas dudas.
