Adviento. Podemos traducirlo por venida, o, mejor, por hacia la venida. Es un revivir en el presente la esperanza del antiguo Israel, como canta el himno milenario: Ven, ven, Emmanuel / y rescata al Israel cautivo… Somos el Israel cautivo, exiliado, que se lamenta, solitario y triste, de su suerte colectiva: Ven, Deseo de las naciones / une los corazones del género humano en uno… Esperando el final cantado por ese mismo himno: ¡Alégrate, alégrate!. Emmanuel vendrá a ti, oh, israel.- Más de la mitad de los textos litúrgicos de Adviento son del profeta Isaías. Están llenos del adelanto expectante, y la esperanza no es vaga, sino concretísima: esperanza de un reino y reinado justo y pacífico; el nacimiento del Emmanuel (Dios con nosotros); del regreso del exilio; de la Buena Noticia de los pobres; de la próxima rasgadura de los cielos… El segundo personaje del Adviento es Juan el Bautista, el último y mayor de los profetas, el precursor de Jesús, el que anuncia la venida de uno más fuerte que él. Y, en tercer lugar, María está en el centro de atención de los textos evangélicos: en la anunciación del ángel (voz de Dios), en la concepción del Emmanuel y en la visita a Isabel (otra mujer símbolo del poder de Dios) con su canto gozoso y subversivo. En María la expectación se ha convertido por fin en embarazo, en presencia y en gozo.