Mandela, Madiba,
hombre mundial
formado en la estrechez
de una prisión isleña
durante tres decenios de contactos
con la tierra, los mares y los cielos.
Negro icono de dos siglos,
libertador del África,
padre y presidente de Sudáfrica
más allá del Gobierno de Pretoria.
Invictus tras tu muerte.
África lleva, estos días, tu rostro
como mapa.
Y el mundo encontró por fin
el hombre que une a todos los mortales,
presentes hoy en el mítico estadio de Soweto,
bendecido por la lluvia igualitaria,
capilla universal de la fe,
del amor y la esperanza.
Capitán del alma de este mundo,
tantas veces perdida,
maestro espiritual de sus destinos,
dejados al azar por los más necios.
«Una buena cabeza y un buen corazón»
al servicio de todos:
los negros y los blancos, los mestizos…,
hijos del mismo sol,
hijos del mismo Padre,
candidatos iguales
a la vida y a la muerte.
Hoy nos llega la hora de cumplir tu mensaje
de profeta cotidiano de la vida:
convertir la educación en la más poderosa de las armas;
demostrar el coraje como el triunfo jubiloso sobre el miedo;
gritar que nadie nace odiando a no sé quién por no qué,
y que la paz se encuentra buscándola a la par
con el propio enemigo.
Recias palabras de un héroe, de un santo,
de un hombre mundial,
que ha aprendido en su vida
que escalar la montaña más alta es conocer
que hay aún
otras mucho más altas que escalar.
Mandela, Madiba,
Invictus
tras tu muerte