El castro de Matxamendi

 

                                          Lo teníamos siempre cerca cada vez que salíamos de Pamplona hacia el norte o volvíamos a ella por la misma vertiente, nunca nos acercamos a él.

Hoy, por fin, al subir la cuesta de Ubani,  concejo de Zabalza, extendido, a este y oeste, por unas filas de casas recientes, lo vemos erguido, altivo, castral. Alcanza la altitud de 549 metro y  sus dos recintos la superficie de 11.500 y 6.000 metros cuadrados, respectivamente. Lo descubrió José Antonio Borja y lo estudió brevemente Amparo Castiella en 1988, y después javier Armendáriz.

Esta es otra de las mañanas primaverales de este octubre seco y soleado, pasado por un cierzo frío, que los navarros llamamos fresco. Partimos desde donde partían probablemente sus habitantes cuando volvían al poblado desde sus tierras aluviales y laborables, desde el río, a 900 metros de aquí, o cuando los visitaban algunos de sus invitados. Cerca de lo que parece el anticastro, y cuyos alrededores se cultivan parcialmente para cereal o son un campo de frutales, manzanos mayormente. En las faldas septentrionales, que dan a la capital que es Zabalza, frente a los peñascales de Etxauri, se mantienen todavía unos pequeños rectángulos de viña, en el esplendor colorido del otoño y algunos árboles frutales.

Escarpadas laderas  y acusados taludes artificiales en la caras norte y este del cerro, cubiertas por tomillares y aliagales cerrados, con algunos enebros y abundantes rosales silvestres. Cerca de la cima, un rodal supérstite de fresnos, que es un árbol que se repite, junto con el almendro, en las partes bajas de la montaña.

Cerámicas a mano y a torno y molinos de mano de piedra dan fe de la permanencia del castro durante toda o buena parte de la Edad de Hierro. Los dos recintos están separados por bancales y en la acrópolis han crecido algunos pinos dispersos. El primero, más alto, estuvo cultivado hasta los cincuenta del siglo pasado, y el segundo, el económico o ganadero, hasta una década más tarde, lo que explica la ausencia de restos estratigráficos en superficie.

La vista desde esta bien situada atalaya, topa al norte con la sierra de Sarbil; al oeste, con el Valle de Etxauri  formado por el serpenteante  corredor del Arga, que modera su paso hacia Puente la Reina; por el este, con la Cuenca occidental de Pamplona, y por el sur con los picos de Calaveragain y Villanueva y la sierra del Perdón. A nuestros pies, los silenciosos lugares actuales de Larraya -en cuyo parque almorzamos- Paternain, Otazu, Eriete, Arraiza, Ubani, Etxauri, Elío, Ciriza, Vidaurreta… Y los castros arcaicos, que les dieron origen: Leguin, San Quiriaco, Santo Tomás… Y los más lejanos, al oeste y sur de la Cuenca : Sansol, Santixusti, Esparza, Allomendi, Cristobaro…