Aquí encontró Armendariz cerámicas manufacturadas y torneadas, escasas y sobrias. Cruzamos el puentecillo sobe el barranco oriental y subimos por la orilla de un campo de cebada que ocupa el flanco sur, desde donde vemos el otro barranco que baja desde el flanco occidental, pero el espacio se nos cierra pronto. El espacio de lo que un día fue el oppidum es un alto e inextricable fortín de robles, quejigos, enebros, agavanzos, hollagas…, que se extiende por todos los lados, que un día fueron las defensas naturales y artificiales del poblado y del espacio, que servía como recinto económico-ganadero. El primer foso al nordeste, junto al primer barranco, es también un campo de labor, no labrado este año.
En la ladera de enfrente, sobre la carretera de Barriobusto, se alargan varios bancales superpuestos de viñas recién empampanadas y algunos pequeños olivares.
Subimos por donde bajamos hasta tomar otro carril en dirección de Yécora, al sur de Meano. Dudamos en un principio pensando que el castro se encuentra oriental, y es justamente en el lado opuesto donde se encuentra el tercer castro, de nombre Parralejos y, según otros, Murillo, lo que tendría más sentido para lo que andamos buscando.
Digo tercer castro, porque, al hablar de La Lapoblación Meano, el primero pasa por ser el famoso Castillo de Marañón, o simplemente El Castillo, en la cima de la Peña, de 1244 metros, que debió de durar desde el Bronce Final hasta tiempos romanos, y aprovechado de nuevo en la Edad Media, cuando se construyó el castillo de los siglos XI y XII, bajo el que se formó el pueblo de Lapoblaión de Marañón en tiempo de Alfonso I el Batallador, que le concedió el Fuero de Marañón. En el siglo XIX se levantó allí un Fuerte carlista, de todo lo cual quedan restos bien visibles. La arqueóloga Natividad Narvarte recogió y estudió cerámicas del Bronce Final y Hierro antiguo. Los primitivos pobladores de nuestro Oeste no pudieron tener ni mejor defensa ni mejor lugar de observación.
Nunca habíamos contemplado desde una distancia media y con tanto reposo el célebre León dormido de nuestra frontera occidental. Desde donde lo miramos ahora, más que dormido, parece un león con los dientes bien visibles, en forma de pequeñas rocas puntiagudas, desperezándose o alampando su presa. Paulita dice que parece más bien una cabeza de jabalí.
Volvamos al castro al que ahora vamos. Es un espolón de piedemonte, alto de 735 metros y de 16.000 de superficie, con dos claros espacios, el del poblamiento y el dedicado a ganadería y otros menesteres. El cercano arroyo de Vallarmén -hoy todos los arroyos mencionados llevan agua- les llenaba esa necesidad. Atravesamos un campo de trigo, todavía no granado, por los huecos dejados por las ruedas del tractor y recorremos todo el perímetro del fortín. El interior es tan inextricable como el del castro anterior. Pero aquí vemos en varios tramos paramentos de piedra arenisca de sillarejo asentado a hueso y alguno derrumbes de piedras. Armendariz encontró aquí restos de cerámicas manufacturadas y celtibéricas de gran calidad, molinos de varias formas, una cuenta esférica de bronces y un fragmento de molde de fundición en arenisca para fabricar hachas de cubo. Asimismo abundantes cenizas y carbones, lo que le hace sospechar que el fin del poblado pudo llegar a comienzos del siglo I a. C.