El Principado de Andorra, fuera de la Unión Europea, es para muchos una estación de esquí un emporio comercial o un paraíso fiscal, o las tres bicocas juntas. Para mí ha sido, en primer lugar, una lección de geografía con siete parroquias: San Julián de Loria; Andorra la Vella, donde está la capital; Les Escaldes; La Massana; Encamp; Ordino y Canillo.
Un largo valle corredor entre altas montañas, de norte a sur y de sur a norte, drenado por un río, el Valira. Un continuum urbanístico de altas casas, compuesto mayormente por edificios comerciales y de servicios de todo género, desde la entrada desde España hasta la salida hacia Francia, excepto en el Nordeste -Canillo y Encamp-, donde el continuum edilicio se rompe. Unas altas montañas, todavía cubiertas de nieve, sobre todo en las parroquias septentrionales. Está abriéndose la primavera, y en las riberas del río florecen los cerezos blancos o rosados. Muchas casas, todas de piedra menuda, con tejados de pizarra -muchas todavía en construcción-, escalan las laderas montañosas, apretadas entre sí, con excelentes accesos y excelentes condiciones ecológicas y salubres. Torrentes de agua batida, lechosa, que desde las quebradas de los altos valles se precipitan en el río padre andorrano… Esta es la Andorra, el Principado de Andorra que yo he visto, vivido y admirado en el poco tiempo que he podido quedarme, a los pocos días de las últimas nieves, con un sol terapéutico y consolador y un viento suave con olor a nieve.
Excursiones a pequeños valles transversales, sin bloques edilicios, muchos senderos, paso restringido a los coches, muchos arroyos que bajan el deshielo. Faltan las vacas y los caballos, ahora estabulados, porque la hierba de los parados está aún quemada por la nieve reciente. Pero los arroyos o rápidos – les nives, en francés- son más bellos todavía que los animales de los prados.
Visitas a pueblos pequeños o cascos antiguos de las poblaciones crecidas en los últimos tiempos, como Canillo, capital de la parroquia de su nombre, con su preciosa iglesia, abierta todo el día, dedicada a San Cerni (San Saturnino), junto al camposanto anexo de cuatro pisos, y el torrente que salta a pocos metros. U Ordino, capital también de su parroquia, lugar pintoresco, lleno de turistas.
Iglesitas románicas típicas, con sus arcadas y su torres cuadradas, como la cercana de Sant Joan de Caselles. Y el santuario nacional de Meritxell (¿Gracia del cielo, Mediodía del cielo?), patrona de Andorra, consumido por un incendio en 1972, y reconstruido en formas modernas y luminosas, con grandes arcos, que evocan el arte románico, por el arquitecto catalán Ricardo Bofill, y una bella exposición de fotos en su nuevo claustro sobre los dos templos devocionales.
Y, en fin, la última excursión a Pas de la Casa (puerto y pueblo) en el extremo oriental de Andorra (Encamp), el puerto más alto del Principado, el más nevado también, con picos que se acercan a los 3000, mucho más bello que sus famosas estaciones de esquí (la principal, Grandvalira) y su inmensa superficie comercial, invadida de franceses y otras gentes, donde todos estamos obligados a comprar, por lo menos algo de lo que no hemos comprado, com tothom, en Andorra la Vella.