«… Entonces ¿cómo puedes creer en un Dios justo?»

 

                            En la preciosa novela Lo que somos ahora, de la escritora norteamericana May Sarton -una sarta de diarios escritos en una malhadada residencia de ancianos-, habla la protagonista de sus desdichas con uno de sus pocos consuelos, el amable e inteligente pastor metodista que la visita,  a quien le pregunta:

-Entonces, ¿cómo puedes creer en un Dios justo? (…) ¿Qué me dices?

-No lo sé (Y se echó a reír). Quizá una parte de mí cree que hacemos posible a Dios cada día, igual que él nos hizo posibles, y nos falla cuando le fallamos. Tal vez la maldad sea algo  con lo que Dios no pueda lidiar por sí mismo, y seamos nosotros quienes debamos hacerlo.

–El cáncer, por ejemplo, murmuré. Cuando las cédulas normales enloquecen y empiezan a multiplicarse sin medida, ¿crees que Dios no es responsable de algo así?

-Quizá…

Ya era hora de cambiar de tema,, de modo que seguimos hablando de otras cosas...

***

La primera respuesta del pastor me parece muy acertada, porque distingue bien entre el Dios creador de un mundo finito, y por tanto imperfecto, sometido a las leyes naturales, y la autonomía del mismo. Es posible que ese último Quizá fuera una concesión amable, una expresión de duda real, o simplemente un reconocimiento de que Dios, como creador de un mundo que no es el cielo, pueda aparecer como responsable de todo.

Pero aquí el teólogo no es el pastor, sino la novelista May Sarton.