Gloria y drama de Matteo Ricci

Ayer se clausuró la celebración del cuarto centenario del jesuita Matteo Ricci (Macerata, 1552-Pekín, 1610). Nacido el año en que moría Francisco de Javier a las puertas de China, fue el gran misionero católico en ese inmenso país, donde fue llamado Li Madou: el sabio de Occidente. Estudioso de matemáticas, astronomía y geografía, además de los estudios específicos de la Orden, en Roma, Goa, Cochín y Macao, desde aquí, acompañado por otro jesuita italiano Michele Ruggieri, partió para China, donde, hecho chino entre los chinos en todos los actos y momentos de su vida  y en todas las ciudades donde vivió, llegó a la capital, Pekín, el año 1600, esta vez en compañía del jesuita español Diego de Pantoja. Para entonces había escrito en chino tres libros sobre Dios, la amistad y la memoria, y  traducido al latín cuatro libros de Confucio. El emperador Wan Li los acogió en las dependencias imperiales y los propuso como profesores del personal palaciego. Ricci fue considerado gran maestro, admirado por todos los intelectuales. que le trataron. Siguió escribiendo en chino libros científicios y religiosos y traduciendo del mismo idioma. Cuando murió,  aún  joven, había 16 misioneros católicos en el país y 25.000 cristianos. Pero a mediados de siglo, el diablo que todo lo añasca, revolvió a varios misioneros  dominicos y franciscanos -antijesuítas, al fin y al cabo- y a ciertos personajes de la Curia Romana, que enredaron de lo lindo durante un siglo en torno a los llamados ritos chinos -prácticas de veneración a los difuntos, algunos ritos confucianos y cierto vocabulario indígena-, que Ricci y sus compañeros habían hecho suyos dentro de la actitud general de encarnación en la cultura china sin perder para nada el espíritu cristiano. El papa Benedicto XIV, gran canonista en Roma pero ciego a lo que nacía en el Extremo Oriente, condenó con carácter definitivo en 1742 (hasta 1939) los ritos chinos, y con ello condenó para siglos la incipiente y gloriosa Iglesia católica china. Demasiado cómodamente, Juan Pablo II, en un mensaje al congreso internacional sobre Ricci, celebrado en Roma, el año 2001, podía escribir: Tuvo mérito especial en la obra de inculturación, elaboró la terminología china de la  teología y la liturgia católica, creando así las condiciones para dar a conocr a Cristo y encarnar su mensaje evangélico y la Iglesia en el marco de la cultura china. Los obispos chinos, presentes en el Concilio Vaticano II pidieron la apertura del proceso de beatificación del jesuita europeo-chino Matteo Ricci.