Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor…
Ayer, fiesta de san Isidro, en torno a las ermitas románicas de San Pedro de Echano y del Cristo de Catalain junto al embalse de Mairaga, no hacía calor y chispeaba. Los trigos y cebadas estaban encañados; las cebadas a punto de volverse ceriondas. Los campos estaban en flor múltiple y exultante. No vi ni oí cantar las calandrias, que para eso suben hacia el cielo, y el ruiseñor todavía no había llegado a la Valdorba, pero sí oímos a los omnipresentes mirlos dar los últimos afinamientos a sus monótonas flautas. Había un silencio prieto y solemne, como de grandes fiestas. El santo patrono de los labradores se paseaba, el arado ya como símbolo, por un paraíso verde y sin sospechas. Las aguas de las perennes lluvias pasadas se derramaban por doquier, entre álamos, chopos, sauces, fresnos y alisos. El viejo álamo, derrotado, de Catalain, ha dejado un larga familia de vástagos jóvenes, que tardarán muchos años aún en sustituirlo. La celeste lámina de Mairaga se rizaba al vientecillo de la tarde y el agua llegaba al cuello de la presa de la que huía rumbo al Cemborain.- Era el espacio y el tiempo de la belleza, que es infinito y eterno.
